Su amigo Eduardo, el viajero,
que se fue sin extrañar,
cuando, algún día, regrese,
muchas cosas ha de añorar.
La dulce vida que lleva,
por más que es sacrificado,
no es posible en este ispa
salvo que sea becado.
Asadazos, guitarreadas,
mujeres al por mayor,
rejuntar muchas banderas,
por allá, es un honor.
Pero acá, si quiere hacerlo,
la AFIP se acerca enseguida,
y averigua cómo hace
para llevar esa vida.
Luego está la Protectora,
de animales y no tanto,
que quieren currar un poco,
y producen el espanto.
El ostracismo lo espera,
créame que no es macana,
la envidia de los ineptos,
hacen una caravana. |
Así que, prevéngalo,
que tome sus precauciones,
porque acá comenzarán,
con las investigaciones.
No faltará algún Kía,
que lo denuncie de frente,
de la bronca que les da,
a él, y a su gran pariente.
No valorarán su hazaña,
los kilómetros andados,
lo simbólico del acto,
esta manga de culiados.
En realidad, debería,
un gobierno bien cojudo,
declararlo embajador,
y darle un sueldo, es al ñudo.
Y la gente de este pueblo,
en vez de envidiarlo tanto,
lo tendría que recibir,
como al Manco de Lepanto.
Aunque no andubo gerreando,
a la vida le peleó,
y con varios caballitos,
su bravura demostró. |
Como lejos, en el tiempo,
en caballo me movía,
valoro a este gaucho nuestro,
y comprendo su osadía.
Hay que saber de caballos,
y compartir todo el día,
no es solo montar un flete,
esa es la opinión mía.
Así que hagalé llegar,
a su amigo,
que es mi amigo,
estos simples versos míos,
para que le den abrigo.
El abrigo que le brindo,
no es por la temperatura,
porque allá hace calor,
y sería un caradura.
Es para espíritu y alma,
porque el hombre anda muy solo,
cuando se apoya en la almohada,
y no piense que soy trolo.
Y ya nos encontraremos,
y un abrazo le daré,
porque yo aprendí a quererlo,
por intermedio de usté. |